LA FIGURACIÓN TRANSIDA:
"Cuando pienso en el campo de trigo, primero labro la tierra y luego siembro..., y con la esperanza espero el brotar de nuevas espigas". Es una reflexión del propio Manuel Kayser Zapata (Jaén, 1946), el pintor que nos muestra una parte de su extraordinaria y vasta producción, la relacionada con la Campiña de Mengíbar: una campiña con la que convivió durante los ocho años que mantuvo su domicilio en este pueblo y de la que se enamoró tan profundamente que ya nunca ha dejado de soñarla y recrearla a través de su pintura: de la inmanencia de la siembra a la trascendencia de la cosecha mediante la contemplación mística que funde el cuerpo y alma del amante con el objeto amado. Manuel Kayser no pinta como ve sino como siente porque -dice él- tiene los ojos en el corazón.
A Kayser no le interesa la narrativa externa y distante, enajenada de la realidad, sino la expresión interior, íntima y comprometida, que le sirva para expresarse y comunicarse: la figuración transida, la transfiguración como un paso posterior (y superior) de la realidad; no las onduladas voluptuosidades de los vientres y senos que ofrece la tierra, sino el latido amoroso que sostiene y vivifica la esperanza; no el peine de surcos que suben o bajan por los suaves cerros, sino la sementera que se gesta paciente y escondida; no el aire limpio y azul que aleja ni la bruma espesa a lomos del río ya lento, sino la atmósfera íntima y anímica, elocuente y violácea, que llena de significados y plenitudes el tiempo y el espacio tangibles; no el horizonte nítido de los paisajes ni los contornos subrayados de los bodegones sostenidos, sino la línea silenciosa y difuminada donde se funden los perfiles de la libertad y se hace etérea (y eterna) la existencia.
Kayser se acerca a los paisajes naturales de los campos y de los frutos y a los paisajes artificiales de los objetos con mirada machadiana y actitud franciscana: desde el temblor y la caricia que provoca la evocación de las criaturas. Caminante de soliloquios y veredas, sale de sus hondos interiores en busca de la música callada que transmite la realidad o de las huellas sonoras que susurran la presencia humana. El artista quiere pintar el diálogo espiritual que intuye entre una tierra ascendente que se inmola en un ofertorio cósmico y un firmamento que desciende entre celajes de luz hasta encarnarse en la compleja sencillez de lo cotidiano: el destino es el regreso de la creación a su verdadero origen.
El pintor rechaza los modelos hieráticos y vacíos, las imágenes fijas y congeladas de la realidad; busca la vida donde la haya o el rastro de ella donde se encuentre. Su pasión por la naturaleza le hace incorporar tierras, ramas y hojas al soporte pictórico junto a los óleos, los acrílicos, las sanguinas, los lápices, las tintas o los carboncillos, en una simbiosis de realidad y representación de la que resultan elocuentes texturas y transmutadas densidades. Su obsesión y respetuoso acercamiento a los objetos y a las naturalezas muertas impregnan sus bodegones de una espiritualidad monacal, donde los desvanes abovedan la luz y el espacio y donde las livianas repisas de las alacenas o la sólida madera de una mesa se convierten en patenas oferentes de transubstanciaciones. La Campiña que aquí se nos ofrece es memoria plástica de una visión otrora virgen y, al mismo tiempo, denuncia pictórica de la actual degradación ocasionada por un ingrato e irrespetuoso progreso, donde factores de rentabilidad "travisten" la naturaleza ya sea imponiendo otros productos, plantando casetas clónicas con techos de uralita o clavando mortíferos rejones de telefonía en el mismísimo hoyo de las agujas de la estética y de la ética.
José Román Grima.