Toda exposición es un acto de comunicación. Y si se pretende una comunicación enriquecedora tanto para el emisor como para los receptores, el lenguaje y los medios han de tener una cierta coherencia…
Parece ser una constante en mis fotografías la persona…
…Y si las miramos con detenimiento da la impresión de que me interesan sus preocupaciones e inquietudes, sus miedos, sus esperanzas, su futuro, sus miradas. ¡Ay, sus miradas, sus miradas a la cámara! No saben lo que se pierden todos aquellos que afirman que a la gente hay que captarlas en su ambiente, sin que se den cuenta, de forma espontánea…
Siempre me ha gustado navegar en esos apasionantes mares que van de la figuración a la abstracción.
Porque lo interesante no son los puertos, sino la travesía de uno a otro, que es donde surge la aventura, el encuentro o desencuentro, donde se desatan las olas de la fantasía, donde lo imprevisto y diferente viene a hacernos compañía, donde se pierden los equilibrios y nos sumergimos irremediablemente en el vértigo del ser o no ser emotivo, expresivo, creativo…
Alfonso Infantes Delgado
Ganas me dan de iniciar esta presentación a la más vieja usanza, diciendo algo así como «Señoras y señores: ante ustedes, un maestro». Porque quien nos muestra su obra en estas cuarenta y tantas fotografías es, ante todo y sobre todo, un maestro. Alfonso Infantes trabaja en una escuela en la que, además, también es maestro en muchas más artes: dirige obras de teatro, armoniza y compone canciones, diseña coreografías y hasta nos embauca convirtiendo una caja de zapatos en un mágica cámara de fotos estenopeica que, en manos de escolares, consigue resultados que han merecido páginas en las más prestigiosas revistas y hasta interés en profesionales de otros continentes.
Alfonso es maestro primero por lo que aprende (y aprehende) y luego por lo que enseña. La honradez de su cámara no nos habla sin antes haber hecho un paciente ejercicio de reflexión. Cada fotografía ha sido antes un diálogo y una meditación consigo mismo. Profundamente humanista y polifacético renacentista, tiene a la persona como la constante de su obra: nada del ser humano le es indiferente, ni su contexto ni sus circunstancias. Sólo tras sentirse interpelado por la realidad, se decide a comunicarnos su interpretación mediante una imagen reelaborada. Y es aquí donde este artista se la juega, se compromete desde posiciones transformadoras que hacen que la imagen, no necesaria ni pretendidamente bella, incomode y no se acomode. Alfonso no fotocopia la realidad, ni la manipula; la transforma, le da los decibelios justos para hacerla penetrante, el enfoque exacto para provocar la comunicación y el ángulo de luz cuya bisectriz ilumine la realidad coloreándola con una minuciosidad de orfebre o aprovechando las potencialidades de las nuevas tecnologías.
José Román Grima
La cámara es un arma certera que dispara sin herir a nadie. Congela el tiempo en un instante preciso. Inmoviliza la vida pero, en buenas manos, la vida perdura en la imagen, se proyecta y se recrea, a veces, se inmortaliza.
La fotografía, como el arte, busca caminos y puentes por donde cruzar el espacio de la incertidumbre. Lejos ya el día en que conquistó para sí el hálito de la realidad y del retrato empujando a la pintura a buscar nuevas formas de ver y plasmar lo que la lente no parecía ver, la fotografía le sigue los pasos a las artes plásticas conquistando cada día más terreno para ella en las galerías.
Pedro Molino Jiménez
A través de cada una de sus fotografías, Alfonso Infantes nos sumerge con delicada decisión en diversos enfoques capaces de recoger desde la gota de pena vieja y ansiada hasta las nervaduras vivas, cohetes de viento que rezuman futuros. Pueden ser abstracciones visuales a modo de escorzo... desarrollos desbocados de calmas repentinas... aspectos fragmentados de presentes resultado de circunstancias precedentes... o visiones globales de las armaduras corpóreas en las que se apoya.
Carmen Molina Mercado
Con estos «calendarios» que, desde el blanco y negro a los diferentes procesos en el color y la técnica, cuelgan ahora en las paredes de nuestra Universidad, parece como si el artista, al seleccionar la memoria, nos quisiera trasladar, hombro a hombro con su cámara, no al día en que estábamos sino al día, a los días que hemos vivido y, desde ellos, también al día que ahora vivimos. Para André Maurois, que consideraba la memoria como la única constancia del yo, «la recuperación por la memoria de sensaciones que hace falta profundizar, iluminar, transformar en equivalencias intelectuales, es la esencia misma de la obra de arte». Ésa, creo, es también la esencia de la obra fotográfica que sostiene esta exposición. La desmemoria, como dice nuestro paisano Antonio Muñoz Molina, es un estado semejante a la inexistencia, un no verse a uno mismo. Alfonso, a través de estas fotografías, nos invita a entablar un diálogo con nosotros mismos, con la memoria de nuestra propia existencia, a vernos y reflexionar sobre un pasado que siempre late en el pulso de un presente presionado por muchos futuros anticipados.
José Román Grima
Desde el dominio técnico, Alfonso transforma y aprovecha las posibilidades del discurso visual en una búsqueda continua de nuevos ritmos creativos de los que surgen diferentes aspectos de la naturaleza humana, cobrando en ocasiones formas aguzadas, insinuando esbozos de gestos momentáneamente esculpidos, vacíos cuajados de presencias insatisfechas, ilusiones recortadas en cartón, destellos que sobreviven a penumbras todavía no adivinadas, caminos que conducen más allá del roce, rostros surcados de experiencias pero habilitados para la necedad... Sugerencias de acciones vitales, dinámicas, sólo detenidas por criterios humanistas producto de su personal manera de concebir cada obra.
Carmen Molina Mercado
Sigo la estela de humanidad que traza la obra de Alfonso Infantes, aprendo de ella y de todo lo que hace, la veo perseguir la dignidad humana en cada figura, solas o fundidas con los paisajes, mezcladas a veces con las texturas crudas y naturales de la vida. Hay en toda ella un silencio metafísico, pero también una voluntad de belleza y de sensaciones ondulantes, matéricas, gráficas, rítmicas, casi musicales…
Pedro Molino Jiménez
Aquel profesor y poeta profundamente humano y reflexivo, don Antonio Machado, decía que «el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve». El ojo de Alfonso en esta exposición, es un ojo que capta y ve las edades del hombre con un acercamiento poético en los detalles pero desgarradamente humano en el conjunto. Unas veces denuncia la injusticia, la marginación, la soledad, la violencia, el abandono; otras, contempla el tránsito desgarrador de las estaciones de la vida que se agarran (o se amarran) a la memoria de un juguete como a un fetiche de antaño. Su fotografía insinúa y remueve, invita a compartir la reflexión y la acción. Es una fotografía no compuesta en la artificialidad del estudio sino aprehendida en el estudio de la vida: un estudio que está en el campo y en la calle.
José Román Grima
Alfonso recoge espacios ocupados por criaturas que, desde diversas circunstancias, se convierten en personajes cuyas miradas –inquietas, húmedas, sometidas, perdidas o ignoradas, ingenuas o manchadas de argumento, a veces jironadas y previstas, manoseadas o cargadas de impericia, a menudo habitables, desgastadas...- nos descubren rubores, recuerdos de estados acaecidos o imaginados y nos conmueven recónditamente.
En cada una de estas imágenes Alfonso Infantes nos invita a dejarnos resbalar sin miedo por el vertiginoso discurrir, a despertar ecos del subconsciente y nostalgias curadas, a encontrar guiños de espaldas que inciten, provocando sentimientos estéticos en cualquier estación del hombre.
Carmen Molina Mercado
El artista, al releer la tragicomedia de este mundo desde la lentitud reflexiva de su cámara, hace como aquellos lectores que crearon un nuevo idioma a través de las anotaciones al margen: Alfonso nos ofrece sus fotografías como glosas de análisis y reflexión, devuelve la verdad al lenguaje de la imagen y, frente a tanta degradación y manipulación actual, lo convierte en un arma cargada de razones. Este mundo no está para florituras, por más flores artificiales que nos pongan en jarrones de publicidad; ni está para dar saltos, cuando nos están haciendo pedazos: aquí las comparaciones podrán ser cada vez más odiosas pero los contrates son cada vez más fuertes.
Las fotografías de Alfonso Infantes «apuntan y disparan» hacia esas paradojas y contradicciones con las que tan cómodamente «bien-estamos» a costa del «mal-ser». Y para «facilitarnos» la reflexión, esquematizar los argumentos y poner la imagen sobre nuestros pies, opta por utilizar elementos del cómic como ejercicio intermedio entre el dibujo y la fotografía: el color y la palabra podrán estar en segundo plano, pero el gesto y la imagen conseguirán la fuerza y la rapidez de los golpes contundentes.
José Román Grima