El viaje de San Eufrasio de Jaén a Roma, volando
El origen dle Santo Rostro ha dado lugar a diversas explicaciones. Esta tiene un sesgo completamente legendario. 
El Padre Fray Benito Gerónimo Feijoo, en sus famosas obras destruyendo todo el caudal de nuestras patrañas, consagradas por el vulgo y pegadas fuertemente a la imaginación del pueblo, inserta con el título De la transformación mágica del Obispo de Jaén, una refutación de aquella tradición disparatada que corría de boca en boca y la cual asegura que San Eufrasio, el Obispo de Jaén, fue y vino por los aires a Roma para traer la cara de Dios1.
Hemos oído de aquel cuento diferentes versiones y hallamos la más general, la que contó un joven del campo, en el camino de Baeza, a D. Francisco Pi Margall, cuando el ilustre escritor recorría nuestra provincia, haciendo estudios para su admirable obra Granada, Jaén, Málaga y Almería, publicada en 1885. Pi Margall recogió tal relato como una curiosidad de ingenua y sencilla rusticidad y lo insertó en su referido libro, tal como lo oyera. He aquí como es el diálogo, sostenido entre el escritor y el campesino:
"- Y, ¿en qué época se cree que vino a Jaén esa milagrosa cara de Dios?- preguntamos a nuestro hombre.
- En tiempos de San Eufrasio -contestó-. Hubo entonces un Papa que se dejó prender de amores por una niña traviesa y juguetona que andaba alrededor de su palacio, y hubiera caído el buen Papa en pecado, a no ser por nuestro Obispo, porque era la mujer el diablo y le tenía armada muy bien la zancadilla.
- ¿Estaba San Eufrasio en Roma?
- No, sino en Jaén, pero tenía el Santo Obispo en una redoma tres diablos; y como supiese una noche por ellos, que ya estaba puesta la mesa en la que el Papa iba a cenar, con sus amores, partió en volandas para Roma, donde pudo aún conjurar a Satanás y librar al Papa de sus manos.
- ¿Y llegó a Roma la misma noche?
- La misma noche. Preguntó San Eufrasio a uno de los tres espíritus que como cuánto tiempo pedía para llevarlo a Roma y contestó el diablo que hora y media. Repitió la pregunta a otro y contestole que una hora. Repitió la pregunta al tercero y contestó: "Dentro de media hora llamará s la puerta de la casa de San Pedro si en recompensa prometes darme todos los días las sobras de tu almuerzo... ¿prometes?".
- ¿Y se lo prometió al Santo?
- Prometo, dijo; y alzose luego el diablo que era, por más señas, cojo, y ya están en Roma para que vea su merced si han hecho pronto el viaje.
- Ligeros han andado...
- Llamó San Eufrasio a la puerta del palacio del Papa y como le preguntasen quién era, "abre a Eufrasio", dijo, a lo cual el Papa exclamó: "¿Pues cómo ha de ser Eufrasio si está el buen obispo en Jaén?". Mas en esto San Eufrasio entraba ya en la sala; y viendo al Papa cenando, mano con mano con la mujer de rara hermosura de que le habían hablado los diablillos, vuelto de cara a la taimada, le echó tantas bendiciones, que no pudiendo ya más sufrirlas, se hundió con gran estrépito en el suelo llevando tras si al infierno la mesa en que pensaba poder arrastrar al mismo vicario de Jesucristo.
- ¿No cayó el Papa con ella?
- Quedó el Papa como quien ve visiones, más resulto a poco de su estupor, abrazó tan tiernamente a San Eufrasio y derramó sobre él tantas y tan sentidas lágrimas, que daba pesar no sólo verle, sino oírle. Ni sabía cómo recompensar ni cómo agradecer tan gran servicio; pero San Eufrasio nada pidió en cambio, sino esa cara de Dios que guarda Jaén como su primer tesoro. Diole el papa dos, pero San Eufrasio perdió una en una tempestad deshecha que le asaltó en la mar, precisamente al volver de Roma, y ésta es la única que existe en el mundo después de la que hay en la Iglesia de San Pablo.
- Pues ¿y al diablillo? ¿Le cumplió San Eufrasio la palabra?
- ¡Vaya si se la cumplió! Almorzaba el santo nueces y se las rompía en la cabeza, dejándole las cáscaras y diciendo, "ahí van las sobras". (...)
Don Lope de Sosa, núm. 3. Marzo de 1913
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