Fernando III y la Reconquista de la ciudad
Fue Fernando III El Santo quien recuperaría finalmente la ciudad de Jaén para el reino de Castilla 
Fernando III y la Reconquista de la ciudad
Fue Fernando III El Santo quien recuperaría finalmente la ciudad de Jaén para el reino de Castilla. La Primera Crónica General lo describe como un rey mesurado, cortés, de buen entendimiento, muy sabidor y bravo, temido de los moros, y al mismo tiempo, amado. La lucha contra los moros y el ensanchamiento de Castilla fueron constantes en su reinado.
En este momento de la reconquista, Jaén pertenecía al reino moro de Arjona, uno de los tantos de Taifas que tras la derrota almohade se formaron, cuyo rey era Amed ben Yúsuf ben Nasar, conocido como Aben Alahmar, el hijo del Rojo, que finalmente trasladará su reino a Granada.
Antes.
Antes de 1245, Fernando ya puso cerco a la ciudad. Fue en 1225, del 5 al 20 de Julio. La ciudad estaba defendida por Álvar Pérez de Castro, un noble castellano enemistado con el rey. Pero Fernando termina por levantar el campo y dirigir sus tropas, a través de Martos y Fuensanta, hacia Granada.
Álvar iría en busca del rey a Granada y obtendría su perdón, recibiendo honores y la confianza real.
Tres años más tarde volvería el rey por tierras de Jaén y tomaría Castro, las actuales Peñas de Castro, y remontaría el río de la Plata por el cerro Veleta y Otíñar, cuya población sería destruida, al igual que antes se destruyó Grañena, en el Cerro Pitas.
En 1230 vuelve a poner cerco a Jaén y los alrededores son saqueados.
El cerco de Jaén.
Cuenta la Crónica General de Alfonso X que estando el rey en Martos, oyó el consejo del Maestre de SAntiago, don Pelay Correa, para cercar la ciudad de Jaén a mediados de 1245.
Cuando Fernando III pone sitio a Jaén ya se había hecho con muchas ciudades y villas giennenses, entres las que destacaban Úbeda y Martos. Su propósito de tomar la ciudad era firme y se prolongó desde mediados de diciembre de 1245 hasta el 28 de febrero de 1246, meses en los que los sitiadores sufrieron los rigores de un duro invierno. Ximénez Jurado comentaría que la ciudad era fuerte "así por la asperaza de su sitio, que obligaba a no poder levantar máquinas, ni ingenios de guerra para combatirla, como por la fortaleza de sus muros, dentro de los cuales había mucha gente de pelea bien prevenida de armas y bastimientos". La defensa, por tanto, fue dura. Todo ello aconsejó al rey cristiano hacer uso de la paciencia y practicar una de las técnicas de asalto más antiguas: el hambre. La actitud del rey fue quebrantando la moral de los sitiados. El wali Omar-ben-Muza procuraba infundir ánimo en sus huestes, pero los prometidos refuerzos de los nazaritas granadinos no llegarían nunca
Finalmente, Alahmar se presentó en el campamento cristiano y se declaró vasallo de Fernando III, besando su mano, en prueba de lo que le entregó la ciudad de Jaén. Alhamar pensó que de prolongar la defensa de la ciudad podría peligrar su aún nuevo reino de Granada. Así, el tratado reconocía el dominio del rey moro de sus tierras en vasallaje, concepto en el que abonaría al cristiano la mitad de sus rentas calculadas en 150.000 maravedíes anuales. El rey moro iría anualmente a las Cortes, sentándose entre los ricohomes. En cuanto a Jaén, ya de sobras ganada por el asedio, sólo quedaba entregarla. Una vez cerrado el pacto, el ejército musulmán se replegó hacia Granada.
Durante años en Jaén ha existido la creencia de que la ciudad se tomó el 25 de Noviembre, día de la patrona de la ciudad, Santa Catalina de Alejandría. En realidad ya el mismo Ximénez Patón descarta este hecho y achaca su elección como patrona a que fue ella quien se le reveló al rey santo para indicarle que sería señor de la ciudad en poco tiempo.
La entrada en Jaén.
Fernando dispuso una gran procesión para escenificar su entrada en la ciudad. Delante iba el ejército con sus banderas, seguido de las milicias de los Concejos, con pendones. Les seguían prelados, religiosos y sacerdotes seguidos de una imagen de la Virgen, que se cree que podía ser la de la Virgen de la Antigua, y a continuación el rey con los ricohomes de Castilla y de León y los maestres y freires de las Ordenes Militares.
La comitiva se dirigió directamente a la Mezquita Mayor. Una vez purificada y consagrada, le dio el nombre de Santa María y levantó un altar en honra, en el que cantó solemnemente misa don Gutierre, obispo de Córdoba.
Se cuenta que el Rey clavó su espada en el lugar del Monte de Santa Catalina en el que hoy se sitúa la Cruz.
Fernando III en Jaén.
El rey permanecería en la ciudad unos ocho meses, en los que se dedicó a cuestiones de gobierno: concede fueros a Alcalá de Abenzaide, franquezas y heredamientos a los nuevos pobladores, agrega a su jurisdicción castillos y lugares, nombra primer alcaide de éstos y del alcázar de Jaén a D. Ordoño Álvarez de Asturias, señor de Noroña y, finalmente, parte hacia Sevilla.
El rey estableció en la ciudad sede episcopal. Fueron muchos los que vinieron a poblarla de otras regiones españolas. También se mandó construir un palacio extramuros, en el solar que hoy ocupa la Diputación. Colateral a él, hace construir la Capilla Real y ordena que nunca podrá demolerse.
El legado de Fernando III en Jaén.
A la importante expansión por Andalucía que supuso la obra de Fernando III le sucederían años de luchas por el poder entre distintas facciones, como los Benavides, Molinas o Carvajales. En 1295 Abenalamar cercaría la ciudad y se sucederían incendios, saqueos y muertes.
La biografía de un rey.
Nace el Rey en 1201. A la muerte del rey enrique I, en 1217, su madre, Berenguela, hereda la corona de Castilla e inmediatamente renunció en favor de su hijo. En 1220, Fernando toma como esposa a Beatriz de Suabia, unión e la que nacerá el futuro Alfonso X. En 1237 contraería nuevo matrimonio con Juana de Ponthieu.
Durante los primeros años de su reinado la vida política se caracterizó por la predominante presencia de su madre Berenguela en los asuntos del reino. En 1230 murió su padre Alfonso IX de León, que en su actitud anticastellana había designado como herederas a sus hijas Sancha y Dulce, habidas de su matrimonio con Teresa de Portugal. Sin embargo, la habilidad de Fernando, la ayuda de la Iglesia y de un sector de la nobleza leonesa, junto con la habilidad de Berenguela, consiguieron que la Corona de León recayera en Fernando.
La unión de Castilla y de León bajo el cetro de Fernando III terminaba definitivamente con la separación de ambos reinos. La nueva unidad política y las expectativas abiertas años atrás por la victoria cristiana en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) permitieron que desde 1231 a 1236 se desarrollaran bajo el reinado de Fernando importantes campañas victoriosas frente a los musulmanes en el ámbito de la Reconquista.
Su vasallo, el arzobispo Jiménez de Rada conquistó Quesada y Cazorla (1231). En 1236 se conquistó Córdoba, antigua capital del Califato.
La fase más importante de expansión territorial frente a los musulmanes se desarrolló entre 1240 y 1248. Durante este periodo se conquistó Jaén (1246), el reino de Murcia se convirtió en vasallo de Castilla (1243), y Sevilla capituló en noviembre de 1248, después de un largo asedio en el que participó la marina vasca del almirante Ramón Bonifaz.
El repoblamiento cristiano de Andalucía comenzó poco después de su conquista. La extensión e importancia económica y estratégica de las nuevas tierras obligaron al monarca a repoblar el territorio conquistado de una forma efectiva. El modo utilizado fue el llamado sistema de ´repartimientos´, con dos modalidades: donadíos y heredamientos. Los primeros se utilizaron para repartir los bienes inmuebles, cuyos beneficiarios fueron principalmente la aristocracia laica y eclesiástica. Por su parte, los heredamientos hacen referencia al reparto de tierras entre verdaderos pobladores, que fueron tanto caballeros de linaje y villanos, como peones.
Mediante este sistema se inició en Andalucía una estructura de grandes propiedades que permitió un incremento de la autoridad de los poderosos, tanto por las tierras que consiguieron, como por los derechos jurisdiccionales que acumularon en sus manos. Por su parte, en Castilla y León, de donde salieron la mayoría de los pobladores de las nuevas tierras, se incrementaron los grandes dominios. La aristocracia militar, eclesiástica y de los concejos castellano-leonesa adquirió rápidamente los bienes que dejaban vacantes los emigrantes que se dirigían hacia el sur.
Muere en 1252. Ordóñez de Ceballos, un historiador del siglo XVII, alude a una entrevista que el rey, en su lecho de muerte, tuvo con su hijo Alfonso y en la que le confiaría el secreto de que había recibido la ciudad en pleito-homenaje de Alhamar y que tendría que devolverla cuando el rey de Granada la reclamara. Es una historia negada por historiadores pero que, de alguna manera, añade un último halo de leyenda a la relación del rey con esta ciudad.
La dedicación del rey Fernando III a la empresa de la Reconquista, sus grandes muestras de piedad y su respeto a la moral cristiana le valieron el calificativo de Santo y en 1671 su ascenso a los altares.
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